Por: Jesús Quintero Seoane
Una visa parece ser solo un documento administrativo: la autorización que un Estado concede a un extranjero para solicitar su entrada al país.
Es decir, la facultad soberana de cualquier Nación de decidir quién puede cruzar su frontera.
El sistema de visas empezó a tomar forma, sobre todo, después de la Gran Guerra en Europa.
Durante los años veinte se impulsaron acuerdos internacionales destinados a facilitar los viajes entre países y reducir las barreras que se habían multiplicado durante el conflicto bélico.
La visa terminó consolidándose como uno de los mecanismos mediante los cuales los Estados controlan quién puede entrar a su territorio.
Con el tiempo, sin embargo, la visa ha dejado de ser solamente un requisito migratorio.
También se ha convertido en una herramienta de seguridad nacional. Un país puede negar o revocar el permiso de entrada a una persona cuando considera que su presencia representa un riesgo para sus intereses.
Y ahí comienza la zona gris: una decisión jurídicamente soberana puede producir, al mismo tiempo, consecuencias diplomáticas, pero sobre todo diferencias políticas.
En Estados Unidos, las visas iniciaron en 1917, durante la Primera Guerra Mundial, como una “medida de guerra”.
Desde entonces, aquel documento aparentemente burocrático se convirtió en una herramienta de control migratorio y, con el tiempo, también de seguridad nacional.
La administración de Donald Trump parece estar llevando esa capacidad de control migratorio a una nueva dimensión.
El gobierno estadounidense ha revocado 175,000 visas, un número extraordinario, desde el regreso de Trump a la Casa Blanca como parte de una política de endurecimiento del control migratorio, en particular de Latinoamérica.
Tratando de ser cuidadoso, haremos una analogía histórica que puede aplicarse: el del “Gran Garrote” o “Big Stick”, asociado este al presidente Theodore Roosevelt de principios del siglo XX, en una época en la que Estados Unidos respaldaba su diplomacia hacia Latinoamérica y el Caribe con la amenaza o utilización de su poder político, pero sobre todo militar, tan actual y vigente sin duda.
El 2 de septiembre de 1901, cuando todavía era vicepresidente, Roosevelt pronunció un discurso y allí utilizó una máxima: “Speak softly and carry a big stick—you will go far.” Una traducción bastante fiel sería: “Habla suavemente y lleva un gran garrote; llegarás lejos.”
No se trata de afirmar que el presidente Trump está repitiendo literalmente aquella máxima política.
El contexto es distinto. Pero quizá el garrote está cambiando de forma.
Esta mutando. Hoy el “Big Stick” no necesariamente necesita ser un buque de guerra, una intervención militar o una amenaza directa.
Puede ser, como lo estamos viviendo, un arancel, una sanción internacional, una restricción financiera o algo que pareciera más discreto: decidir quién puede entrar a Estados Unidos y quién no, suspendiendo la visa de una persona.
Se trata aparentemente de una suspensión a una persona, a un particular.
Una visa revocada no equivale a una sentencia judicial ni demuestra por sí misma la culpabilidad de su titular. Estados Unidos tiene, por supuesto, el derecho soberano de determinar quién puede ingresar a su territorio.
El debate comienza cuando una herramienta legítima de control migratorio tiene, además, consecuencias políticas.
El verdadero cuestionamiento no está solamente en la visa que se cancela o se suspende, sino en saber por qué, y en analizar cuándo una política de control migratorio comienza a convertirse también en un instrumento claro de poder.
En este supuesto se trataría de un giro eminentemente político. ¿Significaría entonces que una visa pueda convertirse en un mensaje político para un país o países?, perdiéndose con ello su esencia original de control migratorio para convertirse además en una herramienta de presión y presencia política.
La diferencia fundamental es que el garrote de Roosevelt era esencialmente militar y geopolítico, mientras que una política de visas puede ejercer presión migratoria, diplomática, económica o política sin utilizar directamente la fuerza militar.
El nuevo “Big Stick” o “Gran Garrote”, quizá le está bastando en esta transmutación, con “tener a su disposición la llave de la puerta de entrada”.
Usted ¿qué opina?



