Por: Jesus Quintero Seoane
La reciente polémica, y más que polémica, lamentable crisis, en torno al examen de admisión a distancia de la Universidad Nacional Autónoma de México no debe reducirse a un presunto caso de fraude ni a una falla tecnológica, o a una mala implementación del procedimiento.
Lo ocurrido representa algo mucho más profundo: el primer gran choque entre un modelo tradicional de evaluación y una generación que ha incorporado la inteligencia artificial como parte natural de su vida cotidiana.
Cuando la UNAM decidió realizar por primera vez su examen de admisión completamente en línea, probablemente pensó que estaba dando un paso hacia el futuro. Paradójicamente, fue el futuro el que terminó examinando a la Universidad.
La UNAM apostó por un modelo de supervisión tecnológica que, según la propia Universidad, incluía inteligencia artificial, monitoreo de audio y video, reconocimiento facial y otras medidas de seguridad.
No obstante, los puntajes extraordinariamente altos obtenidos por algunos aspirantes y que obligo a la suspensión del proceso, evidenciaron que lo controles fueron insuficientes para garantizar la confianza pública en este nuevo procedimiento.
En esta ocasión, no entrare a comentar la otra vertiente de este proceso de admisión de aspirantes a la UNAM, que va en el sentido del costo económico -ya no digamos del costo de credibilidad que paga la Universidad- que significo la contratación de una empresa, cuando seguramente en la propia Universidad existe la capacidad humana, científica e institucional que habría podido desarrollar esta plataforma tecnológica, que finalmente resulto fallida y que nos ha agraviado a todos.
Durante décadas, la confiabilidad de un examen presencial descansó en un principio elemental: quien respondía la prueba era quien demostraba sus conocimientos.
Hoy ese supuesto ya no puede darse por sentado. La inteligencia artificial, la conectividad permanente y las nuevas formas de interacción digital modificaron las reglas del juego mucho antes de que las instituciones de educación superior terminaran de comprender su alcance.
¿La inteligencia artificial venció a la UNAM? La respuesta es no. La inteligencia artificial no tiene voluntad ni intención de engañar; es una herramienta, si inteligente, pero finalmente es un recurso.
Como también sería injusto atribuir toda la responsabilidad a los aspirantes porque algunos hicieron trampa.
La Universidad apostó por un sistema de supervisión tecnológica que buscaba garantizar la integridad del proceso, pero la realidad demostró que ningún mecanismo de vigilancia resulta infalible cuando el entorno tecnológico evoluciona con tanta rapidez y las nuevas generaciones con ella.
Más que un problema informático, el episodio revela un cambio de época. Las nuevas generaciones dominan con gran naturalidad herramientas digitales que muchas instituciones apenas comienzan a incorporar.
Esa diferencia no implica mayor inteligencia, sino una familiaridad distinta con un ecosistema tecnológico que transforma la manera de aprender, comunicarse e, incluso, de enfrentar una evaluación como la que implementaba la UNAM. Entonces, ¿podríamos decir que los aspirantes que representan a las nuevas generaciones habrían “chamaqueado” a la UNAM?, por decirlo coloquialmente.
Pero el debate no termina en la tecnología. El aspecto más delicado es el ético.
Si un aspirante obtiene un lugar mediante recursos prohibidos y tramposos, no solo incumple una norma de control, afecta el principio de equidad que sostiene el ingreso a una universidad pública, como es la UNAM, y compromete la confianza, la credibilidad y el comportamiento ético. La inteligencia artificial puede responder preguntas, pero no puede sustituir la honestidad.
Quizá la mayor lección que deja este episodio es que ya no basta con trasladar un examen presencial a una plataforma digital.
Las universidades deberán replantear qué significa evaluar conocimientos en una época donde cualquier persona puede consultar, en segundos, herramientas capaces de resolver problemas complejos.
El desafío ya no consiste únicamente en vigilar mejor, sino en diseñar formas de evaluación que valoren el razonamiento, el pensamiento crítico y la integridad académica.
La UNAM no fue derrotada por la inteligencia artificial. Fue sorprendida por una transformación tecnológica que está alcanzando a la educación superior. Reconocerlo no debilita a la UNAM; por el contrario, abre la oportunidad de encabezar la discusión sobre cómo formar y evaluar a los profesionistas que demanda el siglo XXI.
Estimado lector, después 40 años de docencia en la UNAM, estoy convencido de que el mayor reto ya no es incorporar la inteligencia artificial a las aulas, sino preservar los valores del estudiante en una época en que el conocimiento está al alcance de un clic.
Usted ¿Qué opina?



