Por: Jesús Quintero Seoane
El llamado movimiento de la Cuarta Transformación construyó una narrativa ética resumida en tres máximas que han sido repetidas como un mantra: «no mentir, no robar y no traicionar».
Tres principios convertidos en credo, repetidos en conferencias y plazas públicas como si su sola enunciación bastara para acreditar una superioridad moral frente al pasado.
Tres mandamientos que se repiten cada que hay ocasión y crítica como el fundamento moral de un régimen que promete diferenciarse de los gobiernos del pasado.
La fuerza de esas palabras radicaba no solo en su significado —nadie podría estar en desacuerdo con ellas—, sino en la promesa de que serían la guía permanente de la acción pública del movimiento.
Sin embargo, todo principio más allá de su significado intrínseco, se legitima, en la medida que resiste la prueba de la realidad.
Cuando deja de aplicarse con rigor, comienza su deterioro, su caída.
Hoy resulta inevitable observar su desgaste y la pérdida del valor que han venido sufriendo y si tiene aún significado para el pueblo.
Su valor y credibilidad no depende de los discursos oficiales, sino de la percepción ciudadana frente a los episodios cotidianos.
Cada semana aparecen hechos que ponen a prueba ese mantra repetido tantas veces.
Funcionarios señalados por posibles actos de corrupción que terminan siendo defendidos por necesidad política.
Nepotismo disfrazado de mérito. Números económicos y estadísticas manipuladas a conveniencia.
Contradicciones evidentes entre lo que se promete y lo que finalmente ocurre. Y, frente a ello, casi nunca aparece la autocrítica.
La respuesta suele ser culpar al pasado, a los medios de comunicación, a los conservadores o a una campaña permanente de desprestigio orquestada ya no por la derecha que se quedó corta, sino más allá: por la ultra derecha, lo que signifique.
La credibilidad no se desgasta porque existan errores; se erosiona cuando se pretende negar su existencia.
Ahí empiezan a vaciarse los principios. Y, sin embargo, siguen pronunciándose con la misma solemnidad, con el mismo culto.
Pero cada nuevo episodio de incongruencia les resta significado, les resta valor.
Les resta credibilidad.
Lo más significativo quizá no sean los errores propios de cualquier gobierno.
Ninguna administración está exenta de ellos. El cuestionamiento surge cuando desaparece la autocrítica y se repiten esos principios, ora sí, que sin principios.
Cuando toda denuncia se atribuye automáticamente a una conspiración de adversarios, cuando cualquier controversia se interpreta como un ataque político y cuando la exigencia ética sólo se aplica a los opositores.
En ese momento los principios dejan de ser universales para convertirse en instrumentos de conveniencia, perdiendo todo sentido ético.
Quizá el mayor riesgo para la 4T no provenga de la oposición, que prácticamente no existe, sino del desgaste de su propia narrativa, que ya no se sostiene.
Porque estos principios que se pregonan no caducan por el paso del tiempo, de hecho los principios no caducan; y siguiendo este juego de palabras, caducan cuando dejan de practicarse, o nunca se han practicado.
Caducan cuando dejan de exigirse hacia adentro y se convierten en simples consignas repetidas hasta perder su significado. Incluso el mantra más repetido termina perdiendo su capacidad mágica, cuando ni así mismo quien lo repite se lo cree. «No mentir, no robar y no traicionar» son principios traicionados.
Usted, ¿qué opina?



