Por: Jesús Quintero Seoane
Cada septiembre ocurre algo que, en medio de las guerras, las tensiones comerciales y las crisis internacionales, podría parecer rutinario: los gobiernos del mundo se reúnen en Nueva York para participar en la Asamblea General de las Naciones Unidas.
Es el espacio y momento donde 193 países miembros tienen derecho a hablar, plantear posiciones, defender intereses y escuchar directamente las preocupaciones de otras naciones. En esos días se multiplican las reuniones bilaterales entre países.
Por eso resulta pertinente preguntarse por qué México ha decidido, desde hace varios años, no estar presencialmente, en esta ocasión por su jefa de Estado, lo que merece una reflexión.
El último presidente mexicano que participó personalmente en la Asamblea General de la ONU fue Enrique Peña Nieto, en 2018.
En el sexenio de Andrés Manuel López Obrador la ausencia presidencial se convirtió en una política de Estado.
López Obrador argumentaba que Naciones Unidas era una institución burocrática, poco eficaz y distante de los grandes problemas del mundo.
Sin embargo, nada aporto para resolver su crítica.
En 2021 acudió a Nueva York a una sesión del Consejo de Seguridad, pero no para participar a la Asamblea.
Con Claudia Sheinbaum la decisión ha continuado.
La presidenta tampoco asistió a la Asamblea de 2025 y decidió no hacerlo en 2026.
Consideró que no era el momento para viajar y que México estaría representado por su Canciller.
Es una decisión legítima de política exterior. Pero que sea legítima no significa que no pueda ser cuestionada y que sea correcta.
México no es un país marginal en el escenario internacional.
Es una de las economías más grandes del mundo, miembro del G20, vecino de Estados Unidos y con un peso económico, demográfico y político importante en América Latina.
Precisamente por esa dimensión, su presencia en los foros internacionales no debería reducirse con una representación.
La presidenta tiene en esos espacios una oportunidad que difícilmente puede delegarse por completo: hablar directamente ante sus pares, defender públicamente la posición de México en el mundo, sostener reuniones al más alto nivel y aprovechar la atención internacional para plantear temas de interés mundial.
Desde luego, asistir no garantiza buenos resultados. Un discurso puede ser irrelevante y una presencia presidencial puede convertirse simplemente en una fotografía.
Pero tampoco la ausencia es neutra: deja que otros ocupen el espacio y hablen sobre los problemas que afectan a México y a la región.
Trump utilizó precisamente la tribuna de la ONU para acusar severamente a México, al calificarlo como el “epicentro” de la violencia de los cárteles.
El canciller Roberto Velasco estaba presente.
Y cuando un país de la dimensión de México es señalado en el principal foro multilateral del mundo, la ausencia de su jefa de Estado adquiere un significado diplomático relevante.
Sin embargo, la presidenta “corrió con suerte”, si se quiere ver así, pues si hubiese estado presente en la Asamblea y ante la imputación de Trump, ¿qué respuesta habría sido las más diplomática, sin entrar en una controversia?.
El canciller Velazco en su intervención del viernes en representación de México, no hizo alusión a lo dicho por Trump.
Hizo solamente mención entre otros temas a la soberanía y reiterar el apoyo a Cuba y Palestina.
Si México aspira a tener una voz acorde con su peso económico y político, quizá no basta con estar representado, como fue el caso con el Canciller Velazco.
También hay momentos en los que la jefa de Estado debe estar presente, defender posiciones (la narrativa de la soberanía que tanto gusta, por ejemplo), ejercer liderazgo y hacerse escuchar.
Habría sido muy conveniente que la presidenta Sheinbaum hubiese asistido a la ONU y hablado.
Por lo pronto ya confirmó que viajará en noviembre a China al Foro de Cooperación Económica Asia-Pacifico.
Usted ¿qué opina?


