Por: Fabián G.
Veracruz, Veracruz.- La tragedia ambiental y social que se vive en el sur de Veracruz ha superado cualquier margen histórico reciente.
A casi cinco meses de haber iniciado una de las pesadillas petroleras más severas de los últimos años —tras la fuga y consecuente ignición registrada el pasado 5 de marzo de 2026— el municipio de Las Choapas continúa bajo los estragos del descontrol en el pozo exploratorio Krem-1, operado por Petróleos Mexicanos (Pemex) en el ejido Constitución Mexicana.
Con un acumulado que ronda los 150 días de contingencia activa, el siniestro se ha posicionado como el segundo incidente de mayor duración y complejidad técnica en la historia de la paraestatal, dejando a su paso decenas de comunidades afectadas, daños severos a la ganadería, cultivos siniestrados y una crisis de salud pública que mantiene al límite a los habitantes locales.

Fuego, ruido y cielo emponzoñado: La vida junto al cráter
Desde el inicio de las operaciones de perforación, cuando la estructura superó los tres mil 300 metros de profundidad y sobrevino el flujo inesperado de gas que detonó el fuego, la vida en las inmediaciones cambió drásticamente.
Durante semanas, columnas de humo denso, llamas visibles a kilómetros de distancia y un estruendo ensordecedor han acompañado las 24 horas de los pobladores.
Aunque en semanas recientes brigadas técnicas y especialistas de Pemex implementaron cortes especializados y trabajos de ingeniería para instalar nuevos sistemas de válvulas con miras al cierre definitivo y taponamiento del pozo, la tensión social no cede.
Organizaciones ambientales y análisis satelitales han documentado la magnitud del daño, estimando la liberación de millones de metros cúbicos de gas y afectaciones directas a más de dos veintenas de comunidades rurales.
Irritación ocular constante, dolores de cabeza crónicos, náuseas e insomnio figuran entre los padecimientos más reportados por familias que residen a pocos kilómetros del foco de contingencia.
«Ya no se puede respirar con tranquilidad»: Voces desde el epicentro del desastre
La verdadera dimensión de la tragedia no se mide únicamente en cifras de hidrocarburos o reportes técnicos, sino en el sentir de quienes resisten en el campo veracruzano.
Don Eufemio Domínguez, de 64 años, agricultor y habitante de una de las comunidades colindantes con el ejido Constitución Mexicana, relata con desazón la incertidumbre con la que conviven a diario:
«Aquí llevamos más de cuatro meses tragando humo, escuchando un zumbido que no te deja dormir y viendo cómo el aire huele a puro químico pesado.

Mis cultivos de maíz se secaron antes de tiempo por la ceniza y el calorón que soltaba esa torre de fuego; los animales ya ni quieren tomar agua en los arroyos porque bajaron aceitosos.
Pemex dice que ya casi terminan y que van a taponar el pozo, pero el daño a nuestra salud y a nuestras tierras ya está hecho.
Nosotros solo queremos sembrar en paz, no vivir con el miedo de que el cielo se nos vuelva a venir encima», relata con la mirada cansada mientras señala hacia el horizonte donde la nube de vapor y los trabajos de remediación continúan.
Promesas de remediación y un cierre anunciado
Ante la presión de alcaldes de la región, productores afectados y legisladores, la paraestatal ha desplegado mesas de atención médica, compromisos de infraestructura vial y censos para evaluar las indemnizaciones pertinentes a ganaderos y acuicultores.
Asimismo, autoridades estatales han garantizado que, una vez concretado el taponamiento total del Krem-1, se implementará un programa integral de saneamiento ambiental en los cuerpos de agua y suelos dañados.
Mientras tanto, en Las Choapas el reloj avanza bajo la atenta mirada de un pueblo que exige que la promesa del cierre definitivo no quede únicamente en papel, y que la reparación de los daños ecológicos alcance a sanar las heridas de una tierra marcada por el fuego.



