Por: Chef Raúl Sergio Llamas Reyna
Vancouver, Canadá. — La gastronomía mexicana tiene una virtud extraordinaria: es capaz de conservar la memoria de quienes ya no están.
Cada Día de Muertos, los aromas del maíz, la canela, el piloncillo y el pan recién horneado regresan a nuestros hogares para recordarnos que la cocina también es una forma de mantener vivas nuestras raíces.
“En México, cocinar para nuestros muertos es una manera de decirles que no los hemos olvidado.
Cada platillo colocado en una ofrenda lleva consigo una historia, una tradición y, sobre todo, mucho amor”.
Desde Vancouver, donde desarrollo mi actividad como chef, estas fechas adquieren un significado especial.

La distancia permite apreciar todavía más la riqueza de nuestra cocina y comprender que los sabores mexicanos son una herencia que nos acompaña sin importar dónde nos encontremos.
Recuerdo las enseñanzas de mi abuela Ofelia, quien me transmitió ese profundo respeto por la cocina familiar.
Con ella aprendí que detrás de cada receta existe algo más importante que los ingredientes: las manos que la preparan, la paciencia y el cariño con que se comparte alrededor de una mesa.
Los tamales representan uno de los grandes protagonistas de nuestras ofrendas.
Envueltos en hojas de maíz o plátano, sus rellenos cambian de una región a otra, reflejando la extraordinaria diversidad culinaria de México.
Acompañarlos con un atole caliente, preparado con maíz, piloncillo y canela, es recuperar uno de los sabores más entrañables de nuestra infancia.
Otro elemento indispensable es el pan de muerto, cuya forma y preparación varían según las tradiciones regionales.
Su aroma a azahar o naranja, su textura suave y su cubierta de azúcar lo convierten en uno de los símbolos gastronómicos más reconocidos de esta celebración.
La calabaza en tacha merece un lugar especial. Cocinada lentamente con piloncillo, canela y clavo, representa la sencillez y profundidad de nuestra cocina tradicional. Algunas familias incorporan guayaba, caña de azúcar, naranja o anís estrella, enriqueciendo una receta transmitida durante generaciones.
Las calaveritas de azúcar también cuentan su propia historia. Sus antecedentes se relacionan con las antiguas figuras rituales de amaranto, mientras que la incorporación del azúcar durante la época colonial dio paso al alfeñique y a las coloridas creaciones que actualmente adornan los altares mexicanos.
Pero la verdadera esencia gastronómica del Día de Muertos no está solamente en los platillos tradicionales. Está en preparar aquello que más disfrutaban nuestros seres queridos: un mole, unos frijoles, un chocolate caliente o cualquier alimento capaz de devolvernos, aunque sea por un instante, el recuerdo de su presencia.
Vivir en Canadá me ha permitido entender que nuestra identidad culinaria no desaparece cuando cruzamos una frontera. Por el contrario, se fortalece cada vez que reproducimos una receta familiar y compartimos nuestras tradiciones con personas de otras culturas.
Como chef mexicano, considero que preservar estas preparaciones es también una responsabilidad con las generaciones futuras. Porque las recetas pueden evolucionar, pero nunca deberían perder la historia que les dio origen.
Y cuando pienso en mi abuela Ofelia, comprendo que su mayor enseñanza no estuvo únicamente en la cocina, sino en entender que alimentar a alguien también significa entregarle una parte de nuestra historia.
Porque en México, durante el Día de Muertos, no solamente ponemos comida sobre un altar: servimos recuerdos, compartimos amor y mantenemos viva la memoria de quienes siempre tendrán un lugar en nuestra mesa.



